¿La Sola Fe basta para salvarnos? (IV)

Hermanos, la espiritualidad contenida en el Diario Espiritual de la Llama de Amor, nos lleva a valorar con gran responsabilidad nuestra vida presente y la vida futura. A dar sentido de eternidad a todo lo que hacemos. El Evangelio nos dice que ni un vaso de agua fresca dado al prójimo por amor quedará sin recompensa. Nos habla de aquellos hombres a quienes su amo, antes de partir, les entrega los talentos para que los hagan fructificar. A su regreso le deben dar cuenta de su administración. El Señor premia a los que han dado fruto y castiga al que escondió el talento y lo dejó estéril. Manda que lo expulsen a las tinieblas exteriores donde será el llanto y el crujir de dientes.

Martín Lutero va a romper este orden evangélico oponiendo, abusivamente, la fe en Cristo y las Obras buenas. La Fe Católica nos dice que somos justificados, es decir santificados, salvados, liberados del pecado, arrancados a la muerte eterna, no por nuestras propias fuerzas o por el mérito de nuestras obras, sino por la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Son los méritos de Cristo los que nos justifican y no las obras de la Ley mosaica (Gal. 2,15-22).

La Fe y las obras van unidas

La Fe es la adhesión de nuestra inteligencia y de nuestro corazón a Jesús, a su Persona, a su santísima Palabra, a su Sacrificio. Creemos que Jesús es nuestro Salvador y en Él ponemos toda nuestra confianza. No nos salvamos a nosotros mismos; es Jesús quien nos salva. Sin embargo esta Fe se expresa en el cumplimiento de la voluntad de Dios: poniendo en práctica su Palabra. La Fe y las Obras van inseparablemente unidas.

La Epístola de Santiago nos dice: Muéstrame tu Fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe (Sant. 2, 14-26).

Para Lutero fue fácil borrar de un plumazo, abusivamente, la carta de Santiago. Esa era su manera de falsificar la Escritura, rechazando lo que no le gustaba o no convenía a sus ideas. Así también rechazó los llamados libros Deuterocanónicos.

La concepción del pecado original según Lutero

La raíz de este gran error es la concepción que tenía Lutero acerca del pecado original. Según esta manera de pensar, el pecado original corrompió de tal modo al ser humano, que le es imposible al hombre hacer alguna obra buena. Todo lo que el hombre hace es pecado. Somos radicalmente pecadores.

Esto trae una consecuencia gravísima: la justificación según Lutero consiste en revestirnos de la santidad de Cristo, pero sin quedar transformados interiormente. Es decir: por fuera somos santos y salvos, porque Cristo nos reviste de su Gracia, pero por dentro continuamos estando en pecado. Esto es un total absurdo. Se nos acredita la justicia de Cristo, nos apropiamos los méritos de Cristo, pero …por fuera. Somos una fruta sana por fuera, pero podrida por dentro.

La Fe Católica nos dice que efectivamente el pecado original hirió gravemente al hombre, pero no lo corrompió de una manera total hasta impedirle hacer obras buenas (Concilio de Trento 1545 y 1563.)

La concepción de Lutero nos lleva a la impotencia espiritual: no podemos hacer nada para nuestra salvación y la salvación de los demás. Según él, para salvarnos basta la fe. Más aún, llega a tal grado el absurdo, que la salvación depende de la predestinación que Dios haga acerca de las personas, independientemente de si sus obras son buenas o malas. Si Dios quiere que te condenes, te condenarás, aunque hayas hecho muchas obras buenas. Si Dios te destina al Cielo, te salvarás aunque hayas hecho muchas obras malas. Se trata de un Dios verdaderamente injusto.

¿Basta tener Fe en Cristo para ser salvos?

¿Para qué hacer entonces las obras buenas? De nada sirve orar, ayunar, adorar, alabar, guardar los mandamientos, dar limosna…etc. Basta que tengas Fe en Cristo y serás salvo. Los seguidores de Lutero llevan en su vida esta contradicción. Ellos oran por los demás, hacen muchas obras buenas, ayunan para obtener gracias, …pero eso vendría a ser prácticamente inútil.

En el Diario Espiritual de la Llama de Amor, iremos viendo cómo Nuestra Señora va sistemáticamente ordenando nuestras vidas de acuerdo a la Fe en su Hijo Jesucristo y a las obras buenas que son la consecuencia de esa Fe. En una familia verdaderamente católica todos los miembros se empeñan en “entrar en el Reino de los Cielos” como nos pide el Evangelio. El Reino de los Cielos exige esfuerzo y solamente los que se esfuerzan por entrar lo logran. En definitiva esa es la misión de la familia: la santificación de sus miembros por la mutua ayuda. Los medios de santificación nos son dados por Dios a través de la Iglesia. Y esa es la labor de la Iglesia: proveernos de los medios de santificación.

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