Biografía de la señora Isabel de Kindelmann

Isabel Szántó de Kindelmann nació el 6 de junio de 1913 en Budapest, capital de Hungría, con el nombre de Erzsébet Szántó. Su madre Júlia Mészáros (1878-1924) provenía de una sencilla familia católica. Su padre József Szántó (1871-1917) era maestro y pastor protestante, cuyos antepasados eran emigrantes italianos de apellido Santo, que luego en húngaro se escribía Szántó. El abuelo repudió a su hijo por casarse con una católica, luego el hijo se convirtió católico.

Isabel fue la decimotercera hija, todos sus hermanos mayores eran gemelos.

El padre murió en la primera Guerra Mundial en 1917, cuando Isabel tenía solo 4 años. Para el año 1925 toda su familia había fallecido, diez hermanos en epidemias y dos en accidentes.

En 1923 el Organismo Internacional para Niños la llevó a Suiza para que se fortaleciera, porque estaba desnutrida, con una familia agricultora con ocho hijos. Aunque tenía de todo y la trataron bien, ella sentía tanta nostalgia por su madre que huyó. La encontraron congelada en un parque. Se enfermó de pulmonía, la familia la atendió durante tres meses. Hicieron todo lo posible para que Isabel se quedara con ellos; pero en 1924, al enterarse que su madre se había enfermado, la dejaron regresar a su país. La madre, a pesar de su grave estado, aún trabajaba haciendo tejidos y bordados para ganarse la vida para el resto de su familia. Después de la muerte de su madre la niña se encontraba extremamente agotada espiritualmente, la acogió su única hermana Gisela que aún vivía, pero poco después muere Gisela también, perdiendo así Isabel a su último hermano. Entonces ella se quedó completamente sola. En 1924 sus “padres suizos” enterándose de lo que pasaba, quisieron adoptarla, pero debido a un malentendido, esto no se pudo lograr. Entonces fue acogida en casa de su tía materna, pero después huye de esa familia, porque la tía muere en 1926, y el resto de la familia la maltrataba. Las desgracias de la niña desamparada no se parecían terminar.

Empezaron años difíciles de pruebas en su vida. Tras huir de la casa de la tía, se encontraba en la calle. Intentaba hacer trabajitos en las calles de los arrabales de la ciudad para sobrevivir. Cargó maletas, vendía caramelos, repartió pan y leche en las mañanas, pelaba papas para cocinas, fue jardinera en una casa de mala nota… todo eso era muy peligroso para una adolescente. Entraba en las iglesias para descansar y en invierno para calentarse. Una vez policías la encontraron durmiendo al aire libre en una banca, la llevaron al hospital por tanto toser. La diagnosticaron con tuberculosis, pero ella se fugó del hospital. Una señora se dio cuenta de la niña friolenta y hambrienta, la llevó a su casa para que cuidara de su madre anciana, pero a ella no le dieron de comer, el señor de la casa le molestaba, así de nuevo tuvo que huir.

Esa vida llena de adversidades y escaseces le desarrolló un alto grado de autonomía, destreza y firmeza. A lo largo de su vida siempre fue muy independiente, pero nunca egoísta. Siempre quiso estudiar, pero las circunstancias nunca se lo permitieron.

El sueño de su vida era servir a Dios. No veía otras opciones que pedir su alta en conventos religiosos, pero todos la rechazaron, diciendo que solo buscaba un lugar dónde sobrevivir. La indiferencia humana le agotó mucho, sin embargo seguía luchando entre circunstancias increíblemente difíciles. Entre dificultades pudo completar un curso de enfermería, pero nadie la empleaba por su mala apariencia y por ser tan pobre. Por último una superiora se puso al habla con ella, diciéndole: Hijita, voy a orar y preguntarle al Señor cuál es su voluntad respecto a tu vocación. Cuando volvió dijo: ¡“Hijita mía, la voluntad de Dios es otra! ¡Dios te va a confiar una obra importante y mayor, cúmplela tan perfectamente como puedas!” La superiora la bendijo y la despidió. Isabel contó después que se deprimió pensando que a ella ni Dios la necesitaba. Casi perdió su fe después de ese acontecimiento. Quedó completamente desesperada y desolada. Al pasar un año, en el otoño de 1930 encontró un pedacito de papel en el bolsillo de su abrigo con el nombre y dirección del párroco de una iglesia cercana. Como luego descubrió, ese papel lo había metido en su bolsillo la superiora, encomendándola a su hermano quien era el párroco de esa iglesia. Incluso le hablaba a Isabel, le decía que lo buscara pero ella no la escuchó, y se le olvidó ese detalle. No obstante ese papelito ha sido crucial en su vida, porque conoció un gran sacerdote, y mediante él, a una pareja mayor de esposos de muy buen corazón con quienes encontró un hogar.

La comunidad parroquial acogió a la joven alegre y enérgica de 17 años. Una vez la escucharon cantar mientras cocinaba y la invitaron al coro. Aquí conoció a su futuro esposo, un señor viudo, 35 años mayor que ella, Károly Kindelmann (1878-1945). Se casaron el 25 de mayo de 1931. Ella tenía 18 años, y él 53. Entre los años 1932 y 1942 tuvieron seis hijos, 3 varones y 3 mujeres: Cecilia 1932, José 1934, Valeria 1935, María 1937, Carlos 1938 y Manuel 1942. El señor Kindelmann poseía un negocio propio que se dedicaba a fabricar chimeneas y calderas, era un hombre bien acomodado y de buen corazón.

En 1935 compraron una casa en un barrio de jardines de Budapest llamado Máriaremete. Isabel apenas podía hablar de felicidad durante semanas. Su alegría sin nubarrones no duró mucho: poco después quedó embarazada de su tercer hijo y estuvo entre vida y muerte durante nueve meses. Nació una niña que era enfermiza; Isabel constantemente se preocupaba y la llevaba a tratamientos luchando por su vida. La niñita cuando cumplió 3 años, de repente se curó.

Isabel pudo experimentar en todo su ser lo que es la preocupación de una madre. No es de extrañar que más adelante pudiera sentir tan profundamente el dolor y la preocupación de nuestra Madre Celestial por sus hijos.

La familia vivió una vida civil católica silenciosa y tranquila. Juntos oraban todas las noches, empezaban siempre con el examen de conciencia, pidiendo perdón el uno del otro. Los varones encendían las velas en el altar del hogar y las muchachas ponían las flores. El almuerzo de los domingos era una verdadera celebración. Al terminar de comer Isabel leía periódicos católicos en voz alta. Los niños recolectaban sus centavitos para mandarlos a misiones lejanas. El padre de la familia rezaba todos los días el rosario. Frecuentaban las misas en el santuario de Máriaremete o la iglesia del Espíritu Santo, para cuya construcción la familia donó una cantidad importante. Los niños siempre se preparaban con gran ilusión para las Navidades, yendo a las misas de la mañana, preparando regalitos simples para los niños de las familias más necesitadas.

A partir de los años 1940 el esposo padecía de cáncer. El 2 de febrero de 1945 se sintió muy mal. Isabel y sus hijos se fueron a Misa. Cerraron todas las puertas de la casa. Cuando volvieron se sorprendieron porque todas las puertas estaban abiertas, se sentía maravilloso olor a flores que impregnaba todo adentro, y el enfermo acostado en la cama con el rosario en su mano estaba llorando. “¡La Virgen estaba aquí…..!” les dijo. “¡Me prometió que me llevaría con ella, que debo prepararme!, y dijo otras cosas que no recuerdo.” Posteriormente pidió a su familia que edificaran una gruta de Lourdes para recordar que la Virgen María estuvo allí.

Károly Kindelmann murió el 25 de abril de 1945, a los 67 años de edad. Isabel tenía 32 años y se quedó sola con sus seis hijos. El mayor tenía 13 años y la menor 3. Empezó el “calvario” de la familia, que cargó con la nacionalización comunista, privándoles de sus medios de subsistencia. El poder comunista en 1948 prohibió todo tipo de empresas privadas, les quitaron la empresa familiar. Isabel se quedó sin trabajo, y no la empleaban en ninguna parte. El enorme jardín se convirtió en el único sustento para la familia: cultivaban frutas y verduras. Isabel intentó de hacer todo tipo de trabajo manual como artesanías para venderlos y así poder obtener el sustento diario. Una vez llegando a su casa, muerta de cansancio, encontró dos hombres en el jardín. No le hicieron caso y estaban hablando de los planes para reformar la casa a su gusto, hablaban como si la casa fuera de ellos. Isabel corrió al ayuntamiento donde vio su nombre en una lista de quiénes iban a ser expulsados. Empezó una campaña de oración con sus hijos. Dos veces se repitió ese horror, lograron quedarse con la casa por un conocido que estaba en el comité que decidía. Lo vivieron como un milagro, ya que en aquellos tiempos ¡no había misericordia!

Luego encontró trabajos en fábricas y se mantuvo firme trabajando duro 12 horas al día, pero siempre la despedían por ser religiosa y porque sus hijos participaban en las clases de fe de la iglesia. A nadie le interesaba que tenía 6 niños qué alimentar. Pero “los milagros cotidianos” no se acabaron. A finales de los años 50 Isabel pudo trabajar como enfermera en un hospital, aprovechando el curso que había tomado cuando tenía 16 años.

En 1961, después de 20 años de lucha heroica, viendo que sus hijos ya eran independientes, Isabel pensó que  finalmente podía descansar. Pero esa fecha le trajo la misión principal de su vida, su vocación celestial, la de dar a conocer la Llama de Amor, y al mismo tiempo una tarea familiar sumamente preocupante, la de asumir la educación de sus 3 nietos pequeños, que se quedaron huérfanos, debido a que su nuera falleció y su hijo estaba muy enfermo.

Hasta 1961 el sufrimiento de “proporciones bíblicas” había hecho trizas a Isabel, era casi tan duro como para Job, pero tal vez eso mismo era lo que le daba capacidad para poder acoger la gracia, de acuerdo con los planes eternos de Dios. El Señor con las pruebas duras y decisiones difíciles de la gente común, había preparado a Isabel para algo totalmente especial y grande. A partir de 1961, hasta su muerte en 1985, recibió los mensajes de Jesús y de la Virgen María sobre la Llama de Amor, los cuales tuvo que escribir en un Diario Espiritual, según la petición que le hizo Jesús. La Santísima Virgen encendió en su corazón la Llama de Amor de su Inmaculado Corazón, y le prometió que esta llamita va a propagarse como un reguero de pólvora por todo el mundo.

A partir de 1965 tuvo que enfrentar retos y desafíos sobrehumanos. Por un lado el Señor pidiéndole que renuncie a sí misma, continuando la santa causa para rescatar a la humanidad y, por otro lado, la obligación y deber como madre y abuela de no dejar que las autoridades se llevaran a sus tres nietos a orfanatos estatales. Cuidó a su hijo enfermo hasta su muerte. El tratar de cumplir las solicitudes celestiales, los entusiasmos, los esfuerzos, las dudas, los pocos adelantos, los grandes fracasos y las humillaciones, pusieron a prueba hasta su alma fuerte. No cabe duda que sin la ayuda de la providencia divina no hubiera podido cumplir la tarea espiritual y terrenal que le fue encomendada.

Isabel era una mujer muy racional, todo lo había pensado y razonado cientos de veces, según el sentido común de la mente humana y según los mandamientos de amor. Era muy realista, para decir racionalista y el misticismo era esencialmente ajeno a sus actitudes. El hecho de que su Salvador le habló – aunque de una manera convincente – no desalojó su cuidado natural a “sonidos internos”. Las revelaciones que oyó (según sus propias palabras) en el interior de su alma, le perturbaron y debido a su sentido de conciencia y responsabilidad, ¡le causaron ansiedad y dudas que nunca terminaron! Consultó con innumerable cantidad de sacerdotes, hasta pidió examen psicológico, pero los especialistas no descubrieron ninguna neurosis o trastorno mental.

El primer viaje de Isabel a Roma sucedió en 1976, acompañada por su sacerdote confesor, un profesor de la Academia de Teología de Budapest, para dar a conocer la Llama de Amor al papa Pablo VI. El santo padre pidió más materiales al respecto. El segundo viaje aconteció en 1978, antes del cual, a petición de Jesús, ella tuvo que ayunar en pan y agua durante 40 días por el éxito de esta misión. En esta ocasión fueron 40 obispos los que justamente allí presentes recibieron en sus manos el mensaje de la Llama de Amor, entre ellos el cardenal de Hungría también.

Isabel empezó a enfermarse en 1984 y la atendieron en varios hospitales, luego un matrimonio la acogió en su hogar en Törökbálint, cerca de Budapest, para cuidarla. Sufrió mucho, padecía de cáncer, pero estaba feliz de poder estar entre hermanos y no en el hospital.

Falleció en ese hogar el 11 de abril de 1985, a los 72 años. Con el rosario en sus manos, confirmada con los sacramentos y una sonrisa en su rostro se mudó a la casa eterna. Su entierro fue en esa ciudad. En 1997 edificaron una capilla, en el lugar donde estaba su cuarto, que hoy es un lugar de peregrinación. Posteriormente la familia exhumó su cuerpo, y ahora descansa junto con el de su esposo en la iglesia del Espíritu Santo en Máriaremete. Su tumba es un lugar de peregrinación, los fieles la visitan cada cuando, como la Santísima Virgen le había prometido: “Te uno firmemente a mí, hijita mía. La Llama de Amor de mi Corazón que te he confiado, sobre ti como primera proyectará sus abundantes rayos de gracia y lo seguirá haciendo también en el cielo. Tus gotas de aceite que reúnes tan afanosamente, las bendigo con mi Mano maternal. Y a tu llegada te esperaré con maternal amor. Las gotas de aceite exprimidas por tus sufrimientos caerán a la tierra a las lámparas apagadas o apenas parpadeantes de alma y se prenderán de mi Llama de Amor. Tú, por lo tanto, tendrás que tener tu sitio junto a mí hasta el fin del mundo.”

 

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